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Necrópolis


 

Siempre le había gustado vivir en el campo para poder contemplar el cielo. En octubre, llamándose unas a otras, pasaban bandadas de grullas migrando al sur, formando grandes uves que derivaban hasta perderse en el horizonte. Entre los brazos del viento, enormes nubarrones grises se deshilachaban poco a poco; entonces ella se tumbaba en el suelo para observarlos.

 — Son las almas de los muertos— le había contado su abuela hacía muchos años. 

Cuando murió el perro, lo vio pasar al día siguiente, bajo la forma de una nube negra, arrastrado, con otros muchos animales y humanos, en dirección al este y le dijo adiós con la mano.

     Mientras... su cáscara yacía enterrada bajo el olivo. Por eso no había llorado —incluso la habían tachado de insensible— pues ella sabía que aquel cuerpo tieso no era su perro. El sutil vaho de su vida — que ahora era su muerte— vagaba libremente persiguiendo liebres de niebla, cruzándose con las grullas en una migración sin fin.

 

 — ¿Y adónde irán?, había preguntado ella.  

 — A la ciudad de los muertos, allí arriba. Si miras por la noche entonces la verás— le había contestado la anciana.

 

     Así es como supo la verdad. Lo que se veía, en la noche oscura, eran las luces de las casas de los muertos formando ciudades sin fin, ciudades de estrellas que parpadeaban. Y allí estaba el perro olfateando en busca del tío Roberto, que también había muerto y del abuelo Juan, su antiguo amo.

 

 Asomada a la ventana, miraba fijamente hasta que se le nublaba la vista, intentando distinguir como era la vida —o más bien como era la muerte—en aquel lugar.